Se evalúan los recursos geotermales y de minerales radioactivos de Bolivia como alternativas potenciales a los combustibles fósiles (petróleo y gas natural) que, actualmente, dominan por mucho la producción y consumo local de energía. En realidad, cualquier plan de desarrollo energético debería contemplar prioritariamente el reemplazo de las numerosas plantas termoeléctricas distribuidas en nuestro territorio. Investigaciones anteriores identificaron tres campos geotermales de alta entalpía (>230°C) que podrían contribuir a la generación de energía eléctrica: Laguna Colorada, Empexa, y Sajama, todos ellos ubicados en la Cordillera Occidental, en regiones remotas y despobladas. Por lo tanto, actualmente no se puede considerar a estos recursos como parte de la solución del problema energético. Por el contrario, en la Cordillera Oriental, a lo largo de la faja de Huarina, existen varios campos geotermales de baja entalpía (<150°C) que deben evaluarse como fuentes potenciales de electricidad o para uso directo en invernaderos y calefacción de edificios puesto que están localizados cerca a grandes ciudades y poblaciones. En cuanto a los minerales radioactivos, varias anomalías y ocurrencias se encontraron en la década de los setenta del siglo XX, y un solo depósito de pequeño tamaño: Cotaje. En las últimas cuatro décadas no se puso en marcha ningún programa de exploración por minerales radioactivos. Consecuentemente, Bolivia no cuenta con la materia prima para implementar un plan de desarrollo nuclear.
Figura 1: Mapa de las unidades morfoestructurales en las que está dividido el territorio boliviano (de oeste a este: Cordillera Occidental, Altiplano, Cordillera Oriental, Subandino Llanura Chaco-beniana, y cratón Precámbrico). En este mapa se muestra la ubicación de los campos geotermales conocidos y los prospectos e indicios uraníferos que se describen en el texto. Además, se incluye la ubicación de las centrales hidroeléctricas, plantas termoeléctricas, y la de los campos petrolíferos productores. El gran número de plantas termoeléctricas y su amplia dispersión en el territorio son una demostración de la alta dependencia que tiene Bolivia de los combustibles fósiles para la generación de energía eléctrica.
El mundo ha sufrido profundamente los efectos de la pandemia de COVID-19 no sólo en el plano de la salud sino también en el desempeño económico y social. Uno de estos efectos fue el descenso de aproximadamente 7% en la demanda de energía debido a la reducción de las actividades económicas (McKinsey & Company, 2021). Actualmente se ha iniciado el proceso de recuperación post-pandemia que, según estimaciones, puede durar unos 3 o 4 años; la duda es si la actividad volverá a los niveles pre-COVID. Sea cual fuere el panorama futuro, parece que los combustibles fósiles seguirán jugando un rol de primera importancia en la economía mundial. Con excepción del carbón, cuya demanda decrecerá fuertemente en las próximas décadas, el petróleo y el gas aún experimentaran un incremento moderado en su demanda antes de comenzar a declinar a mediados de la próxima década. Se espera que, para entonces, la mitad de los requerimientos sean cubiertos por energías renovables, especialmente por el hidrógeno verde, si alcanza precios competitivos en el mercado.
Todos los antecedentes señalados parecen indicar que no se alcanzará la meta de bajar el incremento de temperatura global a niveles menores a 2°C en el presente siglo tal como se propuso en la Conferencia de París sobre cambio climático. La meta de cero emisiones de CO2 para conseguir un incremento de sólo 1,5°C para el 2050 es aún mucho más difícil de alcanzar. Las emisiones de CO2 a la atmósfera por el empleo de combustibles fósiles seguirán siendo altas sin que se las pueda reducir a los niveles requeridos para lograr el objetivo señalado. Las consecuencias para el clima mundial serán, por supuesto, notoriamente negativas.
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